CARME RIERA, POETISA VISUAL
Guillem Viladot
( 1992)
Carme Riera, la conocida pintora, vive en Barcelona y en Cabrera de Mar,
en el Maresme. El día 10 del pasado mes de octubre ganó la
primera edición del premio de poesía que lleva mi nombre.
Una tarde del pasado otoño me i nvitó a su casa de campo.
Carme es una mujer que aguanta su medio siglo con una belleza muy firme.
En su cuerpo hay un ritmo que le permite llevar cualquier vestido con notable
elocuencia. Rubia de ojos claros, su voz tiene unos tonos pastosos que
se tornan graves cuando se ríe. Toda ella, no obstante, exhala el
escepticismo propio de las personal que se atreven, de vez en cuando, a
mirar la vida de cara. Habla y escribe seis o siete lenguas , y su cultura
es de mucha densidad. Cuenta con amigos de la talla de Valverde, Trías,
Llobet, Giralt-Miracle, Argullol, etc.
El día que la visité estaba con su madre y Mimí, la
amiga de ésta. Sentadas en una salita, bebían whisky y fumaban
desde sus elegancias septuegenarias, como un filme de Visconti o de Fellini.
Sus voces también disfrutaban de estos timbres cremosos tan indicativos
de personas que han vivido, con gran estoicismo y gracia, las mejores encrucijadas
de sus vidas.
La casa de Cabrera es un caserón de grandes dimensiones, de estilo
catalán semirrústico, a la cual se llega atravesando un jardín
muy espaciado y de un desorden exquisito. La vivienda es una suma de estancias
donde se acumulan varias generaciones en forma de sólidos muebles
y de un laberinto seductor de objetos, fotografías, grabados, pinturas,
tapetes, visillos y libros, muchos libros. En medio de ese dédalo
fascinante, el tiempo tiene unas entrañables connotaciones proustianas.
Carme me llevó por una serie de pasillos y habitaciones donde guarda
una enorme cantidad de obra suya en forma de cuadros, de los que impresiona
su variedad de estilos y el ritmo de su dicción plástica.
En su estudio fascina la multitud de objetos hallados que se enzarzan entre
sí formando deslumbrantes collages, o que esperan ser redimidos
del olvido para llegar a la categoría de una nueva imagen. Y huevos
por todas partes, bien sueltos o que están ya integrados en precisos
poemas-objetos. Y en este momento es cuando descubro la condición
de poeta visual de la artista: la muje r que trabaja contra el silencio
de los objectes trouvés para ofrecer la dicción de
una memoria nueva.
De ahí pasamos a un extremo del jardín donde Carme elabora
sus papeles rústicos y donde aparecen sus esculturas, a veces yacentes
y en otras ocasiones erectas, a veces estáticas, a veces móviles,
que, en todo caso, generan una belleza especial de gratificante compañía.
Al salir de ese segundo taller, paseamos por un espacio verde al aire libre.
A la derecha, no muy lejos, el mar, reluciente y siempre atestiguador,
era una referencia de omnipotencia. Carme y yo hablamos de pequeñas
cosas: de cómo tiemblan las hojas de los árboles, de cómo
los higos ya están maduros, de cómo debajo de los pies la
hierba nos conduce hacia la naturaleza, de cómo la vida asoma y
se va y vuelve siempre distinta y renovadora, siempre sorpresiva, como
el verdadero arte o la verdadera poesía.
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