LLIGAMS
José María Valverde (1979)
Carme Riera captura en su obra, una luz casi del pasado, que todavía
se demora en algún rincón, la atmósfera más
lírica de Cataluña, en alguna casa de abuelos, con mar al
fondo, muebles oscuros en la penumbra y un ventanal a un huerto con naranjos
y a un montecillo con pinos. Con tierna ironía, Carme Riera
rescata fragmentadas reliquias de un mundo que creía
saber claramente cuáles eran sus alegrías y sus dolores,
y las mezcla y las pega en otro contexto, con citas literarias.
Ese contexto, claro está, es el de la sensibilidad artística
más de hoy, capaz de desvelar y liberar el valor de los materiales
por sí mismos, de las formas no necesitadas de representación.
Sobre esa suficiencia no-figurativa del trasfondo, es como llega a tener
su más rico sentido una alusión, una sugerencia de sentimentalidad
añeja, que, de otro modo, se habría quedado en anticuariado
"retro" o "camp".
Y ese contexto es más sólido por darse en varias técnicas,
desde el collage del objeto mismo hasta el estudio de efectos de
materia en que sólo se entrevé un leve toque de referencia
temática a un mundo remoto. Tal vez haya aquí una invasión,
un intrusismo de las artes plásticas en el territorio tradicionalmente
reservado a la poesía: dulce venganza, de mejores resultados, frente
a las probaturas coetáneas de "poesía visual" o
"concreta".
Si cada obra de Carme Riera, por sí sola, basta para establecer
su atmósfera, cuando las veamos reunidas y en pleno dominio de un
ambiente, tal vez nos enajenen suavemente haciéndonos vivir en un
mundo que ya queda allá lejos, irrecuperable, con su realidad vuelta
mito.
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