NUMBER ONE / SEPTEMBER 1998

 

Beneyto Privado

Antònia Bové Romeu, Crítico de Arte, Barcelona

 

Hay artistas que, ajenos al acontecer de las últimas tendencias dominadas por el mercado y a contracorriente, siguen su camino individual y con su fuerte personalidad creadora nos ofrecen obras de arte capaces de cautivarnos y seducirnos. Beneyto es uno de ellos. Su lenguaje artístico, propio y personal, está dotado de suficiente capacidad comunicativa para producir la experiencia estética, único valor intemporal de toda obra de arte.

Conocía la obra de Beneyto desde hace tiempo pero nuestro encuentro, casi como por azar, me dio la oportunidad de conocer su estudio-taller. Significó emprender un viaje de aproximación a su mundo, a sus fuentes; familiarizarme con su actitud vital, sus procesos de elaboración y su universo iconográfico, presente en cada rincón. El resultado fue que pude conectar con el arte "vivo" que, como decía Lafuente Ferrari, es como mejor se encuentra la verdadera relación "arte-vida".

Sin embargo, al contemplar su obra, esta relación no es tan explícita ni tan sencilla, puesto que se mueve en la esfera de lo fantástico, irreal, mágico y onírico. Nada más llegar a la antesala de su estudio te recibe la mirada de Goya, un autorretrato ampliado hasta alcanzar el tamaño del muro. ¿Está ahí a modo de guiño para el visitante? ¿Nos sugiere que entraremos en el mundo de los sueños que producen "monstruos"? Algo de cierto hay en ello, pero los sueños de Beneyto no son de la misma naturaleza. Sus monstruos nos causan más sorpresa que horror. Son hijos de una actitud positiva e irónica ante la vida.

Se ha dicho de ellos que son como mutantes, hermafroditas, duales, parte animal y/o vegetal... incluso selenitas que en ocasiones se relacionan con el mundo de los objetos a modo de ritual alimenticio. Son inventados e irreales, su intención de ser es la obra de arte y sus recursos son plásticos pero, paradójicamente, participan de lo humano y en este ámbito se encuentra el propio artista. Producen impacto y placer visual; después, al profundizar, encontramos en ellos coquetería, ironía, humor, erotismo, amor, ternura, algo de perversidad y de tragedia. Se manifiestan como "dandis" y "esteticistas", tienen mucho de "surrealistas" y de "postistas". Son en realidad herencia de la tradición que ha hecho de la imaginación, los sueños y los símbolos su material creativo.

El principio activo y misterioso de las obras de Beneyto reside en ellas mismas. Su fuerza comunicativa proviene sin duda de su plasticidad y su poética, pero el artista sabe impregnarlas de una extraña vida en constante cambio y establecer una estrecha relación entre lo ficticio y lo veraz. Lo misterioso que hay en ellas nos atrae con la necesidad irresistible de buscar el secreto, lo oculto del ritual, de lo mítico. Como un viaje iniciático, nuestra mirada emprende caminos varios, subjetivos, escurridizos. Nos invita al juego metafórico y simbólico sin perder la conciencia simultánea de lo que "es" y lo que "representa"; de lo que pertenece a la realidad y a la imaginación. Lo importante, en este intercambio definido por el juego, es el enriquecimiento mutuo que proporciona esta forma privilegiada de relación poética con el mundo.

Beneyto, sirviéndose del proceso automático, sitúa a sus "vivientes" sobre fondos espaciales indefinidos; sin embargo, como Alicia en el país de las maravillas, los acomoda en cualquier objeto: en los libros, como un grafismo más, se alargan en los márgenes; en los libros-objeto o cajas esconden intimidades y secretos profundos; en los abanicos se doblegan, se pliegan para aparecer y desaparecer como un juego de magia; cuando toman materia pictórica se encuadran sin importarles salir del plano; otras veces son materia, toman cuerpo y volumen: se han convertido en esculturas. Cualquier objeto es válido para albergar a estos seres-vivientes que pertenecen al mundo imaginario de su creador pero que se materializan en las cosas para perdurar en el tiempo.

Su BLAUS nos presenta el conjunto de 33 obras en las que reúne a sus "personajes" y dos autorretratos en un espacio-color común: el azul. Parece que el artista nos sugiere dos inicios. La primera exposición vanguardista después de la guerra celebrada en Barcelona en el año 46 y su primera exposición en Cataluña en el año 69. En ella presentó un conjunto de obras citadas como la "serie azul", presentada y comentada por Juan Eduardo Cirlot. Algo importante ha sucedido durante este tiempo. Se ha producido lo que Cirlot vaticinaba en su comentario: que la libertad creadora puesta en marcha por el artista acabaría configurando un mundo propio. En aquella ocasión, los elementos esenciales de la iconografía ya eran unos "personajes" sin embargo indefinidos, evanescentes, casi como apariciones tímidas de sueños o alucinaciones. Cirlot habló de ellos como "personajes espectrales ingrávidos, fluctuando en fondos imaginarios, sugerentes, nebulosos... una colección de apariciones". Lo que surgió en unos momentos de búsqueda, de investigación de nuevas formas, es ahora concreción de lo auténticamente personal. Las obras que en esta ocasión nos presenta Beneyto han adquirido cuerpo y lugar, tienen personalidad y vida propia. En ellas se concreta el arraigo del artista a su territorio, a su paisaje y con él las relaciones entre lo humano y lo simbólico. Es gracias a estas raíces profundas que su arte, su poética es personal y contundente.

Si Cirlot en el 69 acertó anunciando que Beneyto daba "los primeros pasos por la senda del Laberinto...", habría que contestarle ahora, y rindiéndole homenaje, que "Beneyto ha vencido al Minotauro".

(Texto de presentación del catálogo de la exposición Blaus, 1998 que se presentó en la Sala Cultural Caja de España de Alabacete, del 13 al 31 de octubre de 1998)

 

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