Beneyto: un creador postista
Jaime D. Parra
Especialista en simbología, Barcelona.
Lo más importante en un creador es que se perciban enseguida,
con la más leve mirada, los rasgos fundamentalísimos de su
arte: aquellos que le distinguen y le identifican. Con Beneyto siempre
he tenido esa sensación. Beneyto es una creador imaginativo y original,
dotado de una fina inteligencia y de un fuerte magnetismo lírico
personal, un catalán de nuestros lares -como indicó Joan
Perucho- que vive, observa, proyecta y profundiza. Su obra evoluciona siempre
hacia desarrollos específicos marcados por la impronta señera
de su estilo y su peculiar realización. Siente, construye, inventa,
investiga. Tiene una filosofía, una estética, unos principios.
No es un ser sin método, su arte no está huérfano,
al contrario: conoce su mundo, se realiza a sí mismo.
En Beneyto lo que no es surrealidad y coloración erótica
es Postismo. Y como pintor postista no es uno cualquiera, sino uno de los
más importantes. El Postismo selecciona el material y no elude la
Estética -ni la lógica, ni la moral-. El Postismo se instala
en la alegría de los sentidos, en el juego frenético de la
imaginación, en la absurdidad inventada, en una lógica interna
y técnica, en una estética libre de cánones. En la
creación eurítmica. Eutirmia es la conjunción, la
interrrelación equilibrada de las partes, la armoniosidad. Y de
ahí surgen sus claves. ¿Qué claves?
Si se investiga un poco se verá que esas "manos" delirantes
e inquietantes que a veces aparecen en la obra de Beneyto no son tanto
la mano fantasmagórica que emerge de la pintura de Joan Ponç
como "la mano de tres dedos" del Cuarto Manifiesto Postista
, firmado por Chebé-Ory que viene a ser el equivalente hispano del
hombre cortado por la ventana del universo surrealista de André
Breton. Y ello sin despreciar los que se consideran fundamentos especiales
y antecedentes particulares del propio Postismo, como son la morfología
animal o vegetal, las onomatopeyas, la estilización china o rupestre,
las cavidades grutescas grisáceas, los tres mundos de Dante, el
bestiario del Apocalipsis, los elogios de la locura de Erasmo, las visiones
pantagruélicas de Rabelais, los paraísos y piedras de la
locura de El Bosco, las máscaras de Brueghel, los collages de Ernst,
los absurdos de Kafka, las ficciones de Verne, las muecas de Charlot o
los desdoblamientos blancos de Michaux. Michaux se esconde detrás
del cuerpo de doble cabeza mientras mi trazo me hace olvidar algunas extremidades.
¡Ay! -escribe Beneyto.
Y lo mismo ocurre con las tres caras de sus esculturas patinadas en
negro o verde sobre bronce, también de clara raíz postista
(Tercer Manifiesto ), raíz tri de Trimurti, de trinidad,
trineo o tripa -cerebro, corazón, abdomen- sin olvidar tampoco el
tridente o el tríptico, signos tan presentes y elocuentes en la
obra de Beneyto, visibles, por ejemplo, en exposiciones como las realizadas
en Tecla Sala (L'Hospitalet, 1992) y en Tres Punts Galeria (Barcelona,
1995). Sus obras "Tridentes" (1989), situadas bajo el signo de
Neptuno con todas las fuerzas minerales de sus grises como las mareas,
y "La escala de Jacob" (1990/95), con toda su potencia onírica
y simbólica y su perfecta realización, se nos muestran como
dos de las más aquilatadas piezas de la opera maior de su
autor, dos profundizaciones, por otro lado, en los universos romano y hebraico,
índices de una mediterraneidad de la que él se enorgullece;
y no es arqueología, sino vivencia profunda.
Sin embargo, es en el juego, como dijera Chicharro, en donde se halla
la espina dorsal del Postismo, así como en la técnica se
encontraría su razón de ser y su lógica. Y esto no
es una contradicción, pues en el Postismo hay una vena apocalíptica
y otra lúdica. En el juego, en el dislate (bajo control), en la
furia jubilosa, en la alegría eufórica, en la magia (más
o menos mefistofélica) aparece el brillo, la chispa verdadera del
ingenio postista. Y mágicos son los juegos de abrir y cerrar abanicos
de Beneyto, esos soportes de una etapa de su obra plástica (1981-1985),
como los expuestos en la Sala Montcada de "la Caixa" de Barcelona
en 1984. Sin olvidar tampoco las andaduras posteriores de sus "ventalls/éventails/fans"
en la Galerie Monique Picard de Lausanne (1985), en la 101 Wooster Gallery,
Soho, New York (1986) o en el Baden Würtembergische Bank AG de Stuggart
(1991) y otros lugares. Los abanicos de Beneyto abren sus pliegues y sus
lecturas y esconden sus transformaciones, sus metamorfosis, con una posibilidad
de significación que nunca conocieron en sus tiempos dorados, galantes.
Lúdicos, sugestivos, coloristas, sinuosos-de lnaranja al verde-,
siempre atentos al detalle, se hallan entre sus más delicadas creaciones,
las más leves y transparentes, las más graciosas, las más
tenues, femeninas e ingrávidas, aunque puedan alcanzar a veces la
envergadura de las alas abiertas de las águilas.
Que el hombre domeñe la arcilla, que vuelva a fabricar con barro
su impulso, que surja de la macha el oro, que cree de nuevo a partir de
lo primigenio -se dice en las proclamas, en las consignas postistas. Y
he aquí otro de los prodigios de Beneyto: muchas de sus obras arrancan
precisamente de esos dominios, sus dragones terrosos, por ejemplo, surgidos
de las manchas como esas harinas de humedad del Barrio Gótico de
Barcelona, donde reside, que evocan la pintura y los tratados de Leonardo,
y, sin ir tan lejos, los primeros cuadros de Tàpies, e incluso,
si se precisa, los barros de la arquitectura de Gaudí. Gaudí
más que nadie, pues Beneyto, como también el arquitecto de
la Sagrada Familia y de La Pedrera, alza una forma de la materia, levanta
su limo y lo ensalza con su propio ritmo: lo original es el origen. La
tradición draconaria, presente en ambos, por otro lado, firmemente
enraizada en la tierra de Cataluña desde el mito de San Jorge hasta
el Liliht de Juan-Eduardo Cirlot pretende precisamente eso: dominar la
materia (dragón), para conquistar el tesoro (dificultad vencida,
premio, realización). Y Beneyto a buen seguro que lo consigue.
Tan mágico como misterioso, Beneyto, también persigue
acercarse a su propio daimon , penetrando en el reino de lo maravilloso,
el de los cuentos, y creando niños inquietos e ingeniosos como el
del Alfanhuí de Rafael Sánchez Ferlosio, aunque con ciertos
toques de malicia y perversión; o bien, ejecutando cortes y trazos
repentinos, flashes, imágenes singulares, nos presenta extraños
"selenitas" en movimiento -el hallazgo denominativo es de Pere
Gimferrer-, como sorprendidos en un gesto, en un revuelo, en una atmósfera
circundada de objetos increíbles (cuchillos, mesas, zapatos, figuras
enhiestas) que a veces cruzan vertiginosos: vertiginosos, pero atados al
equilibrio de un punto. Lo mismo que sucede con las columnas del Parque
Güell, a la vez firmes y torcidas, con sus piedras que lloran lágrimas
calizas suspensas, pero sostenidas. Corazones, cicatrices, aerolitos. La
creación surge de lo sensible que se torna intelectivo. La materia
vive, se dignifica: euritmia.
El creador es un dios verde que dispone y acerca lo distinto, lo distante,
lo disjunto, lo tangible; que elimina las antítesis, que funde y
(con)funde los contrarios, que los conjuga. Las estatuas pueden permanecer
de pie junto a su propio mausoleo. El blanco acompaña al negro.
La madera se aproxima al hierro. Todo es relacional. Beneyto: Postismo,
post-ismo, posible.
Texto incluído en catalán y español en el catálogo
de la exposición Beneyto Els Noranta. Pintures i Escultures
(Sales Municipals d'Exposició, Girona, marzo-abril de 1996). Se
reproduce aquí con autorización del crítico.
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